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Una paz dividida Imprimir E-Mail
viernes, 28 de marzo de 2014 a las 19:37

Por Shlomo Ben Ami (*)

En 1996, Binyamín Netanyahu ganó una elección general movilizando un alto número de votantes en contra de la supuesta intención del entonces primer ministro Shimón Peres de «dividir a Jerusalén». Casi dos décadas después, Netanyahu sigue aferrado a eslóganes viejos y vacuos sobre un «Jerusalén unido», una convicción que, una vez más, podría resolver el proceso de paz israel-palestino. En momentos en que el secretario de Estado norteamericano, John Kerry, se prepara para presentar un acuerdo marco para una ronda concluyente de negociaciones de paz entre israelíes y palestinos, la postura de línea dura de Netanyahu sobre Jerusalén, básicamente, no ayuda. En un esfuerzo desesperado por mejorar las posibilidades de éxito de la propuesta, el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, que en gran medida evitó asumir un rol proactivo en las tratativas durante su segundo mandato, se reunió con Netanyahu en la Casa Blanca para instarlo a moderar su postura.

 

Pero cambiar la manera de pensar de Netanyahu no será fácil, en especial por la presión política interna a la que se enfrenta. Desde que Israel conquistó el este de Jerusalén en la Guerra de los Seis Días de 1967, la clase política del país defendió a la ciudad como la «capital eterna unida» de Israel, una visión que no quiere abandonar.
El problema es que ninguna negociación seria con los palestinos podría admitir esa postura. La población árabe de Jerusalén - que ya representa más del 40% del total - está creciendo un 3,5% anualmente, comparado con un 1,5% entre los israelíes. Una vez que ese amplio segmento de votantes empiece a participar en las elecciones municipales - que hasta ahora evitaron, por temor a que se pensara que estaban legitimando al régimen israelí -, el control del consejo municipal probablemente pasará a manos de una mayoría palestina.
Peres entendía que una ciudad de Jerusalén unida bajo un régimen exclusivamente israelí no era posible y le aseguró al ministro de Exteriores de Noruega en una carta de 1993 - que fue esencial para la conclusión de los acuerdos de Oslo - que Israel respetaría la autonomía de las instituciones palestinas en el este de Jerusalén. De la misma manera, en 2000, el primer ministro Ehud Barak respaldó los Parámetros de Clinton, que instaban a la división de Jerusalén en dos capitales basándose en las líneas étnicas. El primer ministro Ehud Olmert siguió esa misma línea con la propuesta de paz de 2008 que le presentó al presidente de la Autoridad Palestina Mahmud Abbás; también recomendó internacionalizar la Administración de la Ciudad Vieja.
Sin embargo, Netanyahu y sus seguidores siguen insistiendo en que Jerusalén no se dividirá. Lo que no logran entender es que la Ley de Jerusalén de 1980, que declaraba a la ciudad «unida en su totalidad» como la capital de Israel, en realidad, no constituye una unidad. El subsiguiente esfuerzo por israelizar la ciudad, construyendo una red de barrios judíos en el este de Jerusalén dominado por los palestinos, no logró garantizar una mayoría judía sólida, en gran medida porque los israelíes de clase media no quisieron instalarse allí.
De hecho, el proyecto de asentamientos no sólo convirtió a Jerusalén Este en un foco de tensión política y social, sino que el elevado coste financiero - más de 20.000 millones de dólares en total - obligó a desviar recursos limitados de inversiones orientadas al crecimiento en Jerusalén Oeste. En consecuencia, Jerusalén se convirtió en la ciudad más pobre de Israel. No sorprende que los 200.000 miembros de la clase media liberal y próspera de Israel que abandonaron la ciudad en los últimos 20 años encuentren que Tel Aviv - el centro económico de Israel, y un lugar de crecimiento impulsado por la tecnología - es mucho más atractiva.
Algo que complica aún más la situación es la división entre los israelíes laicos y las comunidades ortodoxas fanáticas cuyo rechazo del Estado secular y su anhelo de una sociedad basada en la interpretación más estricta de la Halajá (ley rabínica) encarnan un temor muy arraigado en los árabes y una desconfianza absoluta de los gentiles. Estas comunidades, que conforman el 30% de la población de Jerusalén, tornan inverosímil, en el mejor de los casos, la noción de una ciudad de Jerusalén unida y pacífica.
En 1966, un año antes de que paracaidistas israelíes ostensiblemente unieran Jerusalén, la compositora Naomi Shemer cantaba sobre «la ciudad que está solitaria, y en su corazón un muro». Hoy, el muro que divide a Jerusalén no está hecho de cemento o ladrillos, pero eso no lo hace menos real.
Esta división duradera se ejemplifica en el contraste entre la infraestructura y los servicios municipales en los barrios judíos y árabes de la ciudad. Por supuesto, en cierta medida, los residentes palestinos de Jerusalén se benefician de la seguridad social y los sistemas de atención médica avanzados de Israel, con los cuales sus hermanos en la Autoridad Palestina sólo pueden soñar. A pesar de todo, siguen identificándose como palestinos y sólo 10.000 de los 300.000 residentes palestinos de Jerusalén aceptaron pedir la ciudadanía israelí.
Pero la cuestión de Jerusalén es objeto de una confusión aún más fundamental: ¿cuáles son las fronteras reales de Jerusalén? En el espíritu desenfadado que prevaleció después de 1967, el Gobierno israelí extendió los límites de la ciudad de 4.400 hectáreas a más de 12.545. La postura de Netanyahu de que esta Jerusalén extendida es la capital bíblica del pueblo judío es una farsa histórica.
Una ciudad de Jerusalén controlada por comunidades judías ultraortodoxas no productivas y palestinos privados de derechos está destinada al colapso económico y político. El plan de Kerry de dividir la ciudad según las líneas étnicas representa la última oportunidad de Israel de evitar un desenlace de este tipo y legitimar la ciudad como su capital reconocida internacionalmente.
Al aceptar una división de Jerusalén, Netanyahu estaría empezando, por fin, a tomar distancia de la arrogancia y la megalomanía que llevaron a la ciudad a su situación actual de estancamiento y aislamiento. Abandonar la idea de una Jerusalén «unida» es la única manera de asegurar la condición «eterna» de la ciudad.

(*) El autor es exministro de Exteriores de Israel, es en la actualidad vicepresidente del Centro Internacional Toledo por la Paz.

Fuente: Israelenlinea.com



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