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Cosechar en el Colegio Imprimir E-Mail
jueves, 10 de abril de 2014 a las 10:32

Por Juan Pablo Eijo  

Con el apoyo de la Fundación Huerta Niño Producir el propio alimento, ser autosustentable y remediar la malnutrición. Alumnos, docentes y familias de un barrio humilde de la localidad de Burzaco, mejoraron su calidad de vida a partir de la construcción y el cultivo en huerta orgánica. Al principio les decían ¡¿Una huerta?! Eso no va a funcionar... Nadie creía que los chicos fueran a prenderse, y terminaron aprendiendo de ellos. La huerta revolucionó la Escuela Secundaria 24 Anexo de la ciudad de Burzaco, provincia de Buenos Aires. Unió a docentes y alumnos en pos de un objetivo común.

 

Mejoró las economías familiares. Concientizó sobre alimentación saludable. Integró las actividades y hasta cambió el clima del colegio: “Todos venimos con ganas de trabajar juntos. Y ponemos mucho amor en lo que hacemos”, expresa Claudia Concetti, vicedirectora del establecimiento.

Para comenzar, Claudia propone un recorrido. En la cocina está Adela, la cocinera del cole, la que hace delicias con las verduras de la huerta: los mejores bocaditos de acelga, ensaladas mixtas, milanesas de berenjena bien crocantes, zapallitos deliciosos y algún salteado con lo que encuentra. Junto a Adela, Anabella, la portera que prepara el mate cocido para paliar el frío. Claudia dice que es re buena. “Allá está la sala comedor”, señala, “y acá tenemos el cuartito para las herramientas”. Tras la cortina que hace de separador, se ven las carretillas, los rastrillos, las palas de varios tipos, algún zapín perdido por allí, regaderas y mangueras.

Poco de esto serviría si no estuviese Diego -“el genio de la huerta”, corean todas- quien pidió un cambio de puesto para trabajar de lleno con los chicos. Martes y jueves de ocho a diez de la mañana, él y un grupo de alumnos remueven la tierra, acomodan los almácigos, arrancan los yuyos, previenen de plagas comedoras y, cuando es tiempo, cosechan. “Hace (por Diego) los almácigos en la casa y se viene con las semillitas en la camioneta. Es también el que me hace compras estas cosas”, cuenta Claudia, saca unos paquetes de arroz blanco y arroja una queja que se repetirá toda la mañana: “Porque acá tenemos mucho bicho”.

Sembrar la calma

La idea de la huerta surgió a raíz de la violencia y dificultad para el diálogo que había en el colegio. “Se revoleaban con lo que tenían. Al principio, íbamos a la huerta con las herramientas y el corazón en la mano”, recuerda Silvia Muller, la profe de física que se puso las botas, empuñó la pala y se le animó primera al matorral que dice “llegaba hasta acá”, y hace un gesto hasta el hombro. Luego, los chicos: “Usted no sabe nada de esto. Deje, seño, que yo le enseño… ”, canchereaban, y se iban acercando de a uno. Trabajaron un tiempito con herramientas precarias o prestadas, hasta que alguien les sugirió que ingresasen a la página del INTA. Ahí decía Fundación Huerta Niño.

Huerta Niño es una organización sin fines de lucro que desde 1999 trabaja para aliviar la desnutrición y malnutrición infantil y juvenil en Argentina, mediante la construcción de huertas comunitarias en escuelas de zonas desfavorecidas. Enseñan a producir el propio alimento; de esta forma, brindan una solución duradera, sustentable y no asistencial al problema del hambre. Al mismo tiempo, se aprovecha el momento formativo para, además de consolidad conocimientos relativos al cultivo de vegetales, inculcar hábitos de alimentación saludable. En total, la Fundación lleva construidas 170 huertas escolares, resultando beneficiados más de 14.000 niños y adolescentes de todo el país.

“Tenían un proyecto y una necesidad pero, por sobre todo, tenían mucho entusiasmo. Toda la escuela estaba contagiada de esas ganas y eso permite que el proyecto se vuelva autosustentable”, expresa Juan Lapetini, Director Ejecutivo de Huerta Niño, respecto a las razones que llevaron a acompañar la iniciativa de la Escuela 24, y agrega que esto se refleja en el “profundo impacto” que ha tenido en los chicos. “No hay poses... todo lo dicen desde la experiencia de haber compartido horas en la huerta, codo a codo con sus compañeros y docentes. Esto habla también, del carácter socializador que logra el espacio institucionalizado desde la escuela como centro de saber formal”.

Las mangueras

La profe de física llamó. Al poco tiempo fueron de la Fundación, les consiguieron un padrino (que compró los materiales y herramientas nuevas), ayudaron con el cerco perimetral y la estructura y pintaron murales con los chicos. “Cuando vinieron las herramientas, yo no te puedo explicar la emoción que teníamos. El alambrado. Las palas. Las carretillas. ¡Las mangueras! ¡Nos bajaron el agua a la huerta! Si vieras las caras de los chicos… No lo podían creer”, relata Claudia de aquel sábado en que llegó el micro y se dieron cuenta de que ellos querían eso: trabajar la tierra. “Nos mandaban. Nos hacían correr. ¡Nos retaban!”, agrega Silvia y enciende las risas en todos.

Lista la superficie, una ingeniera agrónoma -Maisu Pereyra, voluntaria de Huerta Niño- les indicó cómo sembrar, en qué época qué cultivos. Los que más dificultades académicas tenían, más trabajaban. Al principio, todos querían ser líderes. Con el tiempo, aprendieron a seguir a Diego, a trabajar en grupo y de manera organizada. “Mientras unos desmalezaban, otros removían la tierra, y otros armaban los plantines”, describe Diego, las manos en el mate, el gesto afable, y cuenta que los profesores terminaron aprendiendo de las alumnos. “Una vez, quise sacar la lechuga de raíz y uno de los chicos me advirtió: ‘No, profe, no la corte; crece de nuevo. La lechuga sale tres veces”.

La huerta mejoró la economía y la alimentación de las familias, ya que buena parte de la cosecha se la llevan los chicos a sus casas. Algunos, incluso, con el conocimiento adquirido y algunos plantines que sobraban, ya están armando la huerta propia. “Una de las etapas del proyecto es el efecto multiplicador. Cuando los chicos llevan el proyecto a sus casas, hay un grado de involucramiento que les permite presentar un saber y una solución a la dinámica familiar”, reflexiona Juan Lapetini y señala que una instancia posterior es la comercialización de los excedentes: “Hay escuelas que hacen dulces y los venden. En algunos casos, el proceso se da rápido y en otros, tenemos que esperar a que salga el sol”. Trabajar la tierra

Cielo algo nublado. En la huerta, un grupo de alumnos de tercer y cuarto año en cuchillas, buscando algún brote o tesoro enterrado. “Mirá, se lo comieron los bichos”, muestra una planta desecha uno de los chicos. “Tenemos que poner más arroz”, sugiere otro, y explica que el arroz (“el común; no el que hervís hervís y no se hace”) se lo llevan las hormigas, se hincha adentro del nido y hace que no puedan salir. Artillería barata contra el mayor enemigo de la huerta: las hormigas podadoras. Si arrecian los ataques -cuentan-, en pocos días pueden devorar la totalidad de plantines. De ahí que la cantidad de cosecha sea algo incierta y a cada estimación, invariablemente, le siga: “Si colaboran las hormigas”.

Todos recuerdan cómo estaba esa parte perdida de la escuela, antes de la huerta, un fondo de tierra estéril. “Parecía una selva, de tan alta que estaba la maleza. Puro yuyo. La tierra re dura. Era como hundir la pala en cemento”, compara Nicolás Pazos, 16 años, pelo crespo, campera rompeviento, y cuenta que algunos compañeros de otras provincias, de abuelos horticultores, ya habían trabajado en huerta y quisieron seguir eso que algo sabían, pero en la escuela. Además, “acá venís y te despejás de todo”, asegura Nicolás, mientras revisa un almácigo de hierbas aromáticas. Luego hace un repaso de lo plantado: brócoli, rabanitos, puerros; acelga, habas, berenjenas; lechuga, coliflor, zanahoria y varias más…

La huerta ha cambiado la realidad de los chicos, de sus familias y de la escuela. Ha logrado unir a alumnos y docentes en pos de un proyecto común, que modificó hasta el contenido de la currícula. “Articuló todo”, sintetiza Claudia. Con la profe de Lengua, hicieron un recetario de “cositas sencillas”. Con el de Biología, dos módulos sobre el trabajo en huerta. En matemáticas, calcularon superficies. En geografía, ubicaron los cultivos de acuerdo a zonas y climas. Con la muestra de fin de año, la huerta aparece en todas las materias. “Y al principio nos decían: ¡¿Una huerta?! Eso no va a funcionar…”

Son las 10.10 de la mañana. Todavía hay chicos trabajando en la huerta. Sale el sol en Burzaco.

 

Fuente: Ecoportal.net

 



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