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Por Ricardo Angoso (*)
La crisis hondureña parece haber concluido, al menos así lo pensabámos algunos tras haber comprobado como las actuales autoridades hondureñas habían sido capaces de organizar y celebrar en un clima de absoluta tranquilidad, constatada transparencia e impoluta normalidad las elecciones presidenciales, generales y locales, tal como estaba previsto desde antes del comienzo de la crisis política. También porque el actual ejecutivo de Tegucigalpa comenzaba a cosechar notables éxitos en la escena internacional: el reconocimiento de la legitimidad democrática de los comicios, junto con el regreso de los embajadores a la capital hondureña, auguraban el final del “largo invierno” a que habían sido condenados sin apenas escucharles y el comienzo de un nuevo ciclo político.
Sin embargo, una vez constatado este tímido proceso de apertura hacia el exterior, nuevos nubarrones asoman por el horizonte politico más cercano de este empobrecido y desconocido país: el reciente aquelarre celebrado en La Habana por los líderes del ALBA, liderado por Hugo Chávez, ya lanzó nuevas amenazas no sólo contra Honduras, sino contra su pueblo, al que castigará con todos los medios a su alcance, y el reciente acuerdo Estados Unidos-Brasil, exigiendo la retirada del presidente Roberto Micheletti, parecen indicar que todos estos países no se han enterado de nada de nada e ignoran que Honduras ha celebrado unas elecciones libres y ajenas a la sospecha.
En efecto, el final del proceso electoral y la reciente elección del candidato nacionalista, Pepe Lobo, brindan nuevas posibilidades a la comunidad internacional para superar la crisis, pues, en definitiva, da paso a una nueva administración no comprometida con el golpe, supone la salida de la escena del presidente considerado golpista, Roberto Micheletti, y pone fin al mandato del siempre controvertido ex presidente depuesto, Manuel Zelaya. Las elecciones, pese a los negros augurios que algunos anunciaban, han supuesto, finalmente, la solución a un sainete interminable y no un episodio más en este largo contencioso.
Pero lo dicho: tanto Obama, secundado por Lula y los países del ALBA, como otros países del mal llamado mundo libre, como España, parecen querer aferrarse a los viejos errores y dogmas y seguir apostando por la línea oficial que el chavismo defiende para Honduras: la instalación un régimen populista, caudillista y neocomunista siguiendo la estela de la Venezuela del sátrapa del Cáribe. Esperemos que su criterio no se imponga y que ese viejo zorro de la política hondureña que es Roberto Micheletti resista a las presiones y continue su rumbo imperturbable.
Las elecciones dotan de legitimidad al nuevo régimen
y no son cuestión a discutir
Así las cosas, y con las espadas en alto todavía en Tegucigalpa y fuera, aunque cada vez son menos los partidarios de Zelaya, en las próximas semanas, al menos hasta el 27 de enero, es más que seguro que aumentarán las tensiones políticas en Tegucigalpa y la presión sobre Micheletti para que abandone el barco. Quedan pocas semanas, pero serán decisivas, pues un improbable regreso de Zelaya sería una catástrofe y abocaría al país a una crisis de impredecibles consecuencias. La clave es que el nuevo presidente electo vaya ganando en legitimidad y que el proceso acacecido sea reconocido por la comunidad internacional.
El asunto de la legitimidad internacional no es una cuestión baladí y siempre ha preocupado a las actuales autoridades hondureñas, consideradas de facto por la mayor parte de los países del mundo y tratadas como apestadas en los últimos meses. Pese a la negativa de los miembros del ALBA por reconocer el resultado de las elecciones y la naturaleza del proceso electoral, aunque el mismo se había iniciado unos meses antes de la crisis y fue incluso reconocido por la OEA, cada vez son más los países, tanto de América Latina como de otras latitudes, que van reconociendo la realidad sobre el terreno: la conformación de una nueva administración en este país centroamericano y el final de la crisis en clave interna hondureña, tal como reclamaban con la Constitución de la República en la mano los actuales gobernantes.
Cascada de reconocimientos internacionales
Por ahora, y en medio de la euforia que se detecta en Tegucigalpa por la alta participación en los comicios y por la amplia presencia de observadores internacionales de todos los continentes y países para legitimar y reconocer las elecciones, ya ha comenzado la “cascada” de reconocimientos internacionales. A los consabidos e importantes reconocimientos del proceso por parte de los Estados Unidos, Israel y Japón se le han venido a sumar en las últimas horas los de Costa Rica, Colombia, Panamá y previsiblemente Perú. También dentro de la Unión Europea (UE) ya se detectan cambios e incluso Canadá podría sumarse a la larga lista en asumir los cambios acaecidos. Hay una antes y un después del 29 de noviembre, eso es obvio, pese a que algunos Madrid parecen no querer enterarse. Muchas cosas han cambiado para el considerado “gobierno de facto” hasta hace unos días y Honduras camina hacia su plena rehabilitación internacional.
Mientras tanto, la diplomacia española, conducida por un durísimo Miguel Angel Moratinos hacia el “cambio” hondureño, parece comenzar a recular y asumir los costes de haberse alineado sin rechistar con los lineamientos de Venezuela, que lidera, sin duda, al ALBA, en esta crisis. Y ya se sabe que en política internacional los espacios que se dejan son automáticamente ocupados por otros, pero principalmente por países europeos con pretensiones de liderazgo en América Latina, como Alemania, Francia e Italia, que han actuado con mucha más cautela y responsabilidad a la hora de juzgar los acontecimientos que se han sucedido y se suceden en Honduras. A veces, en política exterior, vale más el silencio que la hueca retórica moralista, aunque se tenga razón.
El Partido Popular (PP) español, por su parte, ha actuado con más mesura y sentido de Estado, habiendo escuchado en estos meses a las dos partes y enviando observadores internacionales a las elecciones para conocer de primera mano las incidencias y el significado de las mismas. ¿Cómo ha podido el Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación español emitir un juicio sin haber escuchado los planteamientos de los representantes de Micheletti, tal como han hecho todos los que han mediado en los últimos meses, y habiendo apostado por la carta de Zelaya sin medir los riesgos de semejante apuesta? España se ha quedado sola junto a los países del ALBA y Argentina y Brasil en esta crisis. Mientras todos iban matizando su posición inicial de absoluta beligerancia con respecto al actual ejecutivo hondureño, la diplomacia española ha mantenido un discurso inamovible, rayano en la adhesión inquebrantable al pensamiento de Chávez y poco dado a la búsqueda de un compromiso que pudiese desbloquear el embrollo. Reconducir este planteamiento inicial implicará esfuerzos titánicos y seguras y merecidas críticas.
Comienzo de un nuevo ciclo político para Honduras
Así las cosas, y mientras caminamos hacia la plena reintegración de Honduras en la sociedad internacional, el alambicado escenario comienza a verse con un mayor claridad sobre todo debido al triunfo del pragmatismo. Las elecciones han brindado una oportunidad clara, meridiana y práctica para salir de una crisis que no parecía tener fin y donde el diálogo no había dado los frutos esperados; más bien tenía visos de perpetuarse en el tiempo y de sembrar más discordias y tensiones en una región cada vez más inestable y convulsa. A nadie, no sólo en América Central, le interesaba mantener viva la llama de este fuego que amenazaba con extenderse; quizá tan sólo al ALBA que lidera Chávez, cuyo proyectó geoestratégico encalló en América Central y sufrió su primer revés en Honduras después de una larga década de notables éxitos. Tegucigalpa ha sido la Bahía Cochinos del régimen chavista.
El 27 de enero, una vez que el nuevo presidente asuma su mandato, comenzará una nueva era para Honduras. La comunidad internacional tan sólo tendrá que reconocer los resultados de las elecciones y no tendrá que pasar por el trance de tener que dotar de legitimidad a un poder ejecutivo que siguen considerando “golpista”, pese a la numantina defensa de que hace gala el mismo de que tan sólo actuó en cumplimiento del escrupuloso orden constitucional y político hondureño. En unas semanas, esas consideraciones carecerán de sentido y serán sólo historia. Como también será historia Zelaya y su cada vez más fantasmagórico “gobierno en el exilio”, que a medida que pase el tiempo se irá diluyendo y careciendo de una legitimidad que las nuevas autoridades elegidas le arrebatarán. Zelaya y su equipo tienen fecha de caducidad.
(*) El autor es observador Electoral de las elecciones hondureñas y Coordinador General de Diálogo Europeo
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